Un euro de mano en mano
Esta mañana antes de subir al autobús compré el periódico. Parece que no, pero tiene relación con lo que voy a contar. Ya en el trabajo necesitaba ir a la biblioteca a sacar un libro de esos que solo se pueden conseguir allí. De camino, a la altura del teatro Calderón, un hombre de unos treinta y tantos, ni bien ni mal vestido, me dijo que necesitaba un euro. Decidí dárselo. El habla, un tanto enlentecida, es lo único que me hizo pensar que sería para reponer alguna sustancia. Un bocadillo era la sustancia que él, con cierta verborrea, apuntaba. Pues bien, abrí la cartera. Vaya, el billete mas pequeño era de diez euros. El, honradamente- un trato es un trato-, no pidió los diez euros sino que dio una solución muy viable. “Ahí hay un kiosco”, mostró. Y allí nos dirigimos. En los kioscos se compra algo y te cambian, pero yo había leído ya el periódico y no se me ocurría ninguna chuchería. No tengo absolutamente nada de cambio dijo el kiosquero completamente desolado. “Lástima, prometí a éste que le daba un euro...” inicié las explicaciones, con el mendigo al lado. El hombre del kiosco, con toda naturalidad, saca un euro y se lo extiende “Si solo es un euro...”, dijo, supongo que contento de no dejar la caja sin monedas.
Dejé atrás al kiosquero y al necesitado, y entré en la biblioteca. En esta biblioteca no se puede pasar con el bolso, hay que dejarlo en la taquilla, y la taquilla solo se puede utilizar con un euro. A estas alturas, está claro que carezco de euros sueltos. Me acerqué a la mujer de la recepción. “Uy, si yo estuviese aquí para cambiar a todos los que vienen sin euros...” comentó, mordaz, y me mandó al mismo kiosco. Allí quedé, con la boca abierta, sin saber para donde tirar ¿A repetir la jugada?
Que cara tendría que una mujer, con chamarra y pantalón caki, y una placa en el pecho, me dijo “le pasa algo”. Y yo, que no necesitaba otra cosa que un euro, se lo conté todo. Echó mano al bolsillo, sacó un monederito, rebuscó y me puso la moneda en la mano. “Cuando salgas, me la devuelves” y siguió allí, de pie, firme, a la puerta.
En este momento, en el trabajo, consulto unos datos en Competitive Anxiety in Sport, el libro que saqué de la biblioteca, y el pensamiento y la sonrisa se me van a la historia del euro de esta mañana.
Amparo Pozo.